(Visto que la obra de Tolkien sigue despertando polémicas como si los balrogs tienen alas o no, recuperamos otra cuestión que viene al dedillo. ¿Y si estas dificultades de comprensión lectora se deben a que El Señor de los Anillos no es tan buena como creemos? Recupero de la bóveda del tiempo este artículo al respecto -versión Redux- del gran Blai Collado, publicado originalmente en PSNrol.com en 2005.)


Primero fueron Rolemaster y MERP, juegos de rol que nos descubrieron un maravilloso mundo de tablas y subtablas, héroes adictos a hierbas curativas y un sinfín de peligros mortales acechando tras acciones tan inocentes en apariencia como enhebrar una aguja o salir a comprar el pan (¿quién no ha muerto alguna vez tras una desastrosa pifia en la tabla de “Evacuar orina”?).

Luego llegó (tal vez fue antes) la película de dibujos animados, con Trancos caracterizado de apache y Conan-Boromir. Lo mejor, sin duda, es que permanece inacabada.

Finalmente, la ¿fidedigna? versión de Peter Jackson, conocida como TRUÑO (Trilogía Universalmente Ñaque y Oportunista), algo así como El Señor de los Anillos versión alerones, tubo de escape libre y retumbante música máquina.

Ahora voy a hacer algo que suele hacerse al principio de los artículos: una introducción, de hecho es la típica introducción en la que el autor (yo) explica (explico) cuál era la idea inicial para el escrito y como esa idea inicial derivó hacia otra relacionada que acabó convirtiéndose en el tema del artículo en cuestión… En un principio la idea consistía en escribir un artículo sobre los infumables productos que se han nutrido durante años del mundo imaginario de Tolkien. El asunto radicaba en intentar responder a la siguiente pregunta: ¿Cómo pudieron surgir semejantes chapuzas de una novela como El Señor de los Anillos? Y entonces se me ocurrió otra pregunta (y aquí es donde se sustituye el tema viejo por el tema nuevo): ¿No estaría la semilla del mal en el libro? ¿No lo estaremos sobrevalorando? Yo creo que sí. De hecho, como novela de aventuras adolece de un montón de defectos, tantos, que resulta difícil decidir por dónde empezar.

Los personajes, por ejemplo, son un desastre. Tradicionalmente los héroes (desde Aquiles a Elric de Melniboné, pasando por Lancelot o Bush jr.) han sido siempre criaturas de fuertes pasiones: amores eternos, odios indestructibles y deseos de venganza a prueba del tiempo, de hecho, en numerosas ocasiones la colisión entre alguna pasión del héroe y su deber constituye el motor de excelentes historias. Y nada confiere mayor intensidad a una narración que una esposa asesinada, un amigo traidor o un amor en el momento oportuno, en resumen, un alto grado de implicación emocional (¿qué sería de Star wars sin la trágica saga de los Skywalker?).

Nada de esto hay en El Señor de los Anillos, para los protagonistas enfrentarse a Saurón no es nada personal, son sólo negocios, sin ninguna tensión, sin ningún asunto pendiente, ellos son los buenos, son El Capitán América enviado por M a la guarida de Bin Laden en Mordor. Esto es así al principio y sigue así durante toda la larguísima novela, ningún sentimiento distrae a estos Terminators del Bien (podría aducirse aquí el amor de Gimli por Galadriel o el de Eowyn por Aragorn pero esto, como dijo Kant, son mariconadas). En este páramo emocional destacan, hay que admitirlo, la hermosa amistad entre Sam y Frodo, y la lástima que despierta Gollum, pero nada más.

Aquiles-Héctor, Luke skywalker-Darth Vader, Harry Potter-Voldemort, Astérix-César, ¿La comunidad-los nazgul?, ¿Frodo-Gollum? ¿Gandalf-Sauron? Todo héroe tiene un némesis que lo define, complementa, engrandece, un personaje por lo general carismático y cuya relación con el protagonista eleva las dosis de dramatismo de los acontecimientos, pero en ESDLA el mal es demasiado impersonal, distante, abstracto, sin vínculo aguno con los buenos, y así se reafirma la falta de profundidad de éstos, que roza, a veces, la caricatura. En el film se intentó subsanar esta obvia carencia dotando a Saruman de un protagonismo que en la novela no tiene, aunque los resultados fueron, por lo menos, discutibles…

A esto hay que sumarle el asunto del ritmo, la obra, simplemente, carece de él. Y esto se debe a dos factores fundamentales, el primero es que Tolkien era muy buen escritor, y se empeña constantemente en demostrarlo, el resultado es un libro muy bien (d)escrito. El segundo factor es el abuso continuado del recurso narrativo que consiste en interrumpir la acción. En La comunidad del Anillo (a mi juicio la mejor de las partes como novela de aventuras) dicho recurso está muy bien traído, aparece justo después de los dos momentos de clímax (el enfrentamiento con los nazgul en Rivendel y la huida de Moria) y es necesario para esclarecer los numerosos interrogantes que el lector tiene en mente: la naturaleza y poderes del anillo, las implicaciones de su destrucción, la desaparición de Gandalf, la identidad de los jinetes negros… De hecho, Tolkien podría haber dejado algo para las siguientes partes, pues en ellas hay situaciones que se alargan innecesariamente cuando podrían solventarse con cuatro páginas: los ents, las casas de curación, los largos (larguísimos) poemas, el guiso de conejo… innumerables situaciones que nada aportan a la trama y que se estiran como chicles hasta el infinito (¿de verdad hay alguien que en una primera lectura se trague todas las canciones de Bárbol?). No se trata de convertir el Señor de los Anillos en una mala partida de Dungeons (para eso ya está Canción de fuego y hielo), pero hay que tener un mínimo sentido del ritmo y de la narración, sentido que Tolkien demuestra poseer, y en abundancia, en el brillante capítulo El puente de Khazad-Dûm.

Estos defectos los compensa sobradamente el autor con una estructura sencillamente desastrosa. Vayamos por partes, dejando al margen el primer volumen, el resto están muy mal estructurados: el segundo libro del segundo volumen (es decir, las ¿aventuras? de Frodo y Sam) es un ladrillo, la acción se detiene de sopetón, ¿tan difícil era hacer los capítulos alternos con el periplo del resto de la comunidad? Hay que admitir que eso sí es, de nuevo, un acierto de la película. Me permitiré contar una anécdota personal: la segunda vez que leí El Señor de los Anillos, debido a alguna curiosa trampa del inconsciente, recordaba Las Dos Torres precisamente con las dos tramas superpuestas, y al llegar a la segunda parte se me hizo sencillamente interminable. Pero el problema estructural sigue, la novela parece no acabar nunca, después de la destrucción del anillo vienen un sinfín de situaciones, por supuesto estiradas, que no interesan para nada al lector hasta llegar a trancas y barrancas al saneamiento de la Comarca, que no es más que una partida improvisada en la que un grupo de personajes de alto nivel se ventilan una banda de trasgos sin despeinarse. La conclusión, la partida de Gandalf y cía, el fin de la magia, etc. habría resultado igual de inteligible y conmovedor ciento cincuenta páginas antes.

¿Qué por qué vende tanto si es tan nefasta como digo? No lo sé, a lo mejor, como dijo Eddie “el rápido” en El color del dinero: “por la misma razón que el parchís es más popular que el ajedrez.”

Un saludo,
Blai

N.d.A: Ñaque: Conjunto o montón de cosas inútiles y ridículas.